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Tere Rocha

Bienvenidos

“Todo pasa, nada permanece.”

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Estas horas interminables pasan sin compadecerse del dolor que me provocan, sin saber la cantidad de lágrimas que brotan sin cesar de mis ojos aletargados por los nuevos medicamentos. “Otra familia de primos” me dijo el médico del dolor. Desde mi punto de vista, un escalón más que me acerca a mi destino final. Y pasan, las horas pasan sin detenerse un segundo, no distinguen, y yo miro a través de mi ventana digital a los medios para checar como la vida va. Y si… la vida sigue su curso, todos siguen sus caminos y sus rutinas con sus prisas, sus carreras, sus angustias y alegrías. Todos absortos en lo que deben hacer., en lo suyo.

Y para mí, el tiempo pasa tan lento, los días transcurren con una lentitud absoluta. “Por más que agite el reloj de arena , al final, todos los granitos caerán a su propio tiempo” leí por ahí alguna vez, pero ninguna noción acerca del tiempo me quitará este deseo de que el tiempo camine mucho más rápido para mí.

Las últimas tres semanas de mi vida han sido de un confrontamiento brutal con mi realidad. El tiempo, el cambio, no se pueden detener.

Este “maestro” como en un principio lo llamé ha crecido de una manera exponencial, conjuntamente, claro, con el dolor.

Primero, el confrontar mi realidad física, el darme cuenta que esta enfermedad poco a poco me ha ido limitando en todas mis actividades.

Una de estas mañanas frescas y lluviosas, amanecí con un extraño dolor en mi articulación, como si me hubiera torcido, esto fue suficiente para que ya no pudiera apoyar más la pierna, habría que usar bastón. Así empecé con estas “ayudas”.

Esa mañana con mi bastón en mano fui a nadar, yo sé que dentro del agua cualquier mal se disuelve. Es magia!

Pero esa magia no funciona fuera del agua. El peso de las puertas para abrirlas, el sostenerme para bañarme, el ponerme el calcetín y el zapato, mis habilidades dadas por sentado, ya no podía usarlas. Ese día en el vestidor quedábamos sólo una señora y yo. Ella no se había dado cuenta lo que yo estaba sufriendo por ponerme el calcetín, que al final conseguí, pero con el zapato yo ya estaba llorando, en parte por el dolor, y en parte por darme cuenta de lo que ya no podía hacer, volteó a verme y me dijo: “Te ayudo?, Porqué no me pides que te ayude?”

No sabes la vergüenza que sentí cuando empezó a ayudarme. “Cómo me va a ayudar a ponerme calcetín y zapato, que pena!” me dije… le di las gracias y se fue. Terminé de vestirme llorando inconsolablemente y se me acercó una señora grande, yo no sabia que ahí estaba todavía y me dijo: ” No llores Laurita, todos vamos perdiendo facultades con la edad” Y continuo platicándome lo que ya no podía hacer…. En efecto, todos perdemos facultades con el tiempo y con la edad, sólo que es muy distinto y muy doloroso perder facultades y habilidades y darte cuenta que lo que dabas por sentado ya no está, que lo que antes era tan fácil de hacer, ya no lo es más, que ahora dependes de otras personas que con todo su amor y compasión te ayudan a lavar tu pie, a ponerte el calcetín, a sentirte mejor. Y no es que pedir ayuda esté mal, simplemente me da pena pedirla, porque siempre supe que yo lo podía hacer todo…..

A los pocos días le dije a mi esposo que ya no regresaría a nadar porque ya no podía hacerme ciertas cosas y me daba miedo caerme. Removí de mi vida una de mis pasiones: Nadar.

La siguiente “ayuda” fue una andadera, pues definitivamente ya no podía apoyar el pie para caminar, el dolor subía hasta la cadera y no era tolerable. Al menos me siento más segura caminando así. Curioso es que yo le regalé este mismo aparato a mi papá y ahora lo uso yo, recordándole a cada paso. El único inconveniente es que cada vez puedo salir menos por la incomodidad de mi pierna.

El fin de semana pasado, sufrí en la madrugada del domingo una crisis de dolor insoportable. Ni mi marido ni yo, pudimos dormir en toda la noche, no hubo nada que me quitara ese terrible dolor, finalmente se pudo hablar con el doctor y me ajustó la dosis de los “nuevos primos” que son medicamentos derivados de la morfina. Debo confesar que me causaba un poco de miedo el usarlos, el doctor me consoló y me dijo que no tenía porque sentir miedo, el objetivo es no tener dolor.

Perfecto, que me quiten el dolor, que no me duela de esta insufrible manera.

Y aún así mi alma sigue doliendo, me sigue doliendo mi familia, mis hijos, mi madre, mi esposo, dejarlos, irme…. y aunque tengo claro adonde voy, tengo claros mis apegos, tengo claro que nada es permanente, que mi cuerpo se está agotando y su tiempo está llegando al final, aunque todo esté arreglado y en orden, a pesar de mis meditaciones y mi trabajo mental y devocional, a pesar de todo esto, yo sigo triste, a mí me sigue doliendo subir peldaños y acercarme más hacia el final.

Paso mis días, mi tiempo en reposo, en mi sillón que ha tomado mi forma para estar más cómoda, esperando que los segundos se conviertan en minutos, los minutos en horas y las horas en días para así comenzar esta nueva rutina de espera.

“Los tiempos de Dios son perfectos” lo sé…. lo sé.

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